
Fue un día 3 de abril de 1973 cuando Martin Cooper caminó por la Sexta Avenida, en pleno Midtown Manhattan, sosteniendo en la mano un objeto que parecía un enorme ladrillo.
Era un teléfono. Y no tenía ningún cable.
Cooper, ingeniero de Motorola, estaba a punto de entrar en la historia. Pero antes quería enviar un mensaje claro.
Marcó el número de Joel Engel, director de AT&T Bell Labs, la empresa rival que competía con Motorola por desarrollar exactamente esa misma tecnología.
Cuando Engel respondió, Cooper pronunció una frase que resonaría durante los siguientes cincuenta años de la comunicación humana:
«Le llamo desde un teléfono móvil. Un verdadero teléfono móvil. Personal, sostenido en la mano y totalmente inalámbrico».
Al otro lado de la línea hubo silencio.
Cooper y su equipo diseñaron el dispositivo en apenas 90 días. Lo llamaron DynaTAC — Dynamic Adaptive Total Area Coverage.
Sin embargo, muy pronto todo el mundo empezó a llamarlo simplemente “el ladrillo”.
Y el apodo no era exagerado.
El teléfono medía unos 23 centímetros, pesaba más de un kilo y contenía 30 placas electrónicas apiladas dentro de una carcasa de plástico gris. De la parte superior sobresalía una antena apuntando al cielo para captar la señal de una estación base instalada por Motorola en el techo de un edificio cercano.
La batería ofrecía aproximadamente 30 minutos de conversación. Como bromeó Cooper años más tarde:
«La autonomía no era realmente un problema… porque no se podía sostener el teléfono en alto por más tiempo que eso».
Esa única llamada realizada en una acera de Manhattan lo cambió todo.
Pero pasarían todavía diez años antes de que el público pudiera experimentarlo.
En 1983, el Motorola DynaTAC 8000X se convirtió en el primer teléfono móvil portátil comercial, tras recibir la aprobación de la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos después de largas negociaciones regulatorias.
Ofrecía 30 minutos de llamada, necesitaba 10 horas de carga y costaba 3.995 dólares, lo que hoy equivaldría a unos 12.000 dólares.
A pesar de estas limitaciones, miles de personas hicieron fila para comprarlo.
El “teléfono ladrillo” se convirtió en mucho más que una herramienta de comunicación.
Se transformó en un símbolo de éxito. Los ejecutivos lo llevaban consigo, los corredores de Wall Street lo exhibían, y en 1987 Gordon Gekko lo volvió icónico en la película Wall Street, gritando órdenes por su DynaTAC mientras caminaba por la playa al amanecer.
Tener uno significaba una sola cosa: habías triunfado.
Visto desde hoy, sus características parecen casi cómicas.
Un teléfono más pesado que algunos ordenadores portátiles.
Una batería que se agotaba antes de que terminaran la mayoría de las reuniones.
Un precio que superaba varias veces el salario mensual promedio.
Pero Cooper y su equipo en Motorola veían algo que nadie más imaginaba aún.
«Le decíamos a la gente que algún día, desde el momento de nacer, se les asignaría un número de teléfono», recordaba Cooper décadas después.
«Y si no contestabas el teléfono… morirías».
Bromeaba.
Bueno… casi.
Hoy hay más teléfonos móviles que personas en la Tierra. El smartphone que llevas en el bolsillo tiene más potencia de cálculo que los sistemas que enviaron astronautas a la Luna. Pesa apenas unos gramos, dura todo el día y cuesta solo una fracción del precio del DynaTAC original.
Y sin embargo, cada llamada, cada mensaje y cada videollamada tienen su origen en aquel día de primavera en Manhattan, cuando un ingeniero salió a la acera y demostró que la comunicación podía liberarse por fin de las paredes y los cables.
Hoy, cincuenta y tres años después, todos seguimos contestando.





