Myrna Pastrana
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Recién se han cumplido cuarenta años de la tragedia de San Juan Ixhuatepec más conocido como San Juanico y no es el interés de esta columna repetir o parafrasear las notas que abundan sobre el número de muertos, o el mencionar las seis esferas y veintidós salchichas de Petróleos Mexicanos que estaban en el lugar. Datos que se repiten año con año.
Valgan estas líneas para hablar de los héroes y heroínas anónimos, habitantes de colonias cercanas y no tan cercanas como los de la unidad habitacional de la colonia San Juan de Aragón, tal vez distante a unos 8 o 9 kilómetros en línea recta del lugar de los hechos. Héroes y heroínas anónimas que desde el mismo momento que ocurrió la conflagración, salieron de sus departamentos espantados y en ropa de dormir a preguntarse en dónde había ocurrido la explosión y porqué se había iluminado el cielo de color naranja.. Unos y otros opinaban:
—Creo que fue en Puerto Acapulco. (Puerto Acapulco es el nombre de la calle comercial de la colonia) Otro hacía sus cálculos:
—No, esto es más lejos, se oyó más bien que fue por la Villa, refiriéndose a la Villa de Guadalupe
—Préndale a la tele doña Juanita, ahí vamos a saber y doña Juanita contestaba, no hay tele a esta hora, lo único que se escucha es la XEB y están igual que nosotros, dicen que les están reportando ambulancias y heridos por el rumbo.
En eso estaban, cuando vieron acercarse por una de las calles principales, oleadas de gente sin ropa, prácticamente desnudos, con el espanto y la angustia reflejada en sus rostros y los defeños, chilangos o como se les quiera llamar, mostraron esa solidaridad inmensa que tienen cuando de tragedias se trata.
—Véngase señito, pásele a mi casa, deje buscarle algo para que se tape, ahorita le hago un cafecito.
Solidaridad cuando otra vecina sacó a la calle una mesita y en ella colocó una olla grande de café para ofrecer a los que venían de estampida.
Otra más, arrimaba tazas, vasos, azúcar, canela, servilletas lo que tenía y en cuanto se abrió la panadería del barrio se fueron por la primera remesa de bolillos que había salido del horno. En un rato, la ayuda se multiplicó porque otras mujeres replicaron el ejemplo e hicieron los mismo, ofrecieron café caliente y un bolillo
Los vecinos no se quedaron atrás, llenaron sus vehículos con personas en desgracia e hicieron viajes para dejarlos a buen resguardo en alguno de los albergues de la delegación Gustavo A. Madero que era la más cercana.
Sin duda, año con año se mencionan a los que auxiliaron a los habitantes de San juanico: a los médicos, a las enfermeras, y a todo un ejército de servidores públicos, también se entrevistan a algunos de los sobrevivientes y que bueno, pero se presta poca atención a quien de la nada pudo ofrecer una modesta taza de café, un bolillo, un chal, una pantalonera o hasta unas chanclas. Eso solo se lleva en la conciencia de haber servido al prójimo y es lo que hace grande a nuestro país.





