José Woldenberg
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Apenas una nota. Tengo la impresión de que Rafael Pérez Gay optó por la fórmula de un diario (falso) para dar salida a sus obsesiones. No un relato con inicio y fin, sino una serie de estampas elocuentes que van de la pandemia y su catastrófica gestión a la historia de la construcción y destrucción de la Ciudad de México; del cariño y las tensiones en su familia a la pérdida de una germinal democracia por el impulso autoritario desplegado desde el poder político, sazonado con una serie de reflexiones de sus muy variadas lecturas. (Los años oscuros. Seix Barral. 2026)
De 2020 a julio de 2024 Pérez Gay denuncia, añora, reconstruye, opina con una intensidad y una angustia singulares, las que se derivan de una atmósfera política cada vez más asfixiante y de la constatación personal de una orfandad sin retorno. Es también una reivindicación de la literatura: “la lectura, antídoto poderoso, escudo contra la vulgaridad intelectual…”. Es una apuesta por recrear el entorno con los ojos bien abiertos sin perder de vista que su propia biografía merece ser pensada y repensada.
Pérez Gay sabe que sin memoria los hombres se convierten en zombis y que la memoria, evanescente, fragmentaria, compleja, nos modela, nos hace ser lo que somos.
“Recordar no es un acto pasivo, sino una forma de reconstruir; la memoria no es inexacta, es creativa”, Y esa reconstrucción, sobre todo cuando la aplica a los episodios familiares, no solo es reveladora, sino añorante, consciente del quebranto que implica la pérdida definitiva de padres, hermano y hermanas. No es un recuerdo idílico, no intenta esconder los episodios tirantes, sino recuperar los incidentes que han marcado su biografía. Porque solo en la memoria persisten…
“La nostalgia es una hija compasiva de la memoria”. El pasado también puede verse como una sucesión de pérdidas, que son de manera natural los resortes de la nostalgia, de aquello que es irrecuperable. “A mí me gustan el recuerdo y sus misterios, el pasado y sus enigmas. Nadie regresa ileso del pasado, la recapitulación melancólica de la memoria nos transforma”.
Pero no se trata de un diario ensimismado. Por el contrario, desfilan por las páginas mil y un asuntos que vienen rehaciendo nuestra vida en común. Ejemplifico con un tema que trata de paso: la privacidad que se va perdiendo. Durante décadas pensamos que la privacidad era una conquista civilizatoria, preservaba una dimensión que solo competía a los directamente involucrados. Era o debía ser un refugio, un ámbito personal inexpugnable.
Pero citando a Umberto Eco escribe que hoy “el único modo de conseguir reconocimiento social es ‘hacerse ver’ a toda costa”. “La privacidad -dice RPG- ha volado en mil pedazos. Twitter, Facebook e Instagram representan un instrumento de vigilancia del pensamiento y las emociones”. Somos -digo yo- sociedades plagadas de exhibicionistas y voyeurs.
La crítica a la gestión de López Obrador es frontal, enterada, sin maquillaje alguno: la distorsión de la Constitución, la impericia criminal para atender la pandemia, la persecución retórica contra cualquier crítico, las ansias por concentrar el poder y su megalomanía. Todo ello aparece en breves y contundentes cápsulas. Son comentarios cargados de irritación, rabia y angustia. Y no es para menos, hemos visto en vivo y a todo color la degradación de la política.
Uno queda con la sensación un tanto juguetona y al mismo tiempo triste que se encuentra en una de las greguerías de Gómez de la Serna: “Lo más importante de la vida es no haber muerto”.





