Si las bolsas de plástico fueran rosales y las llantas maceteros, indudablemente que podríamos estar ante un vergel de plantas, pero no es así. La imagen se repite en un buen número de lotes baldíos y en las afueras de la ciudad. Ésta, por ejemplo, fue tomada de la Sierra de Juárez y no en su mejor momento ahora que algunos la tienen convertida en basurero.
A pesar de lo desagradable, el estudio de los desechos que tiramos, formalmente conocido como Arqueología de la Basura, revela mucho de los hábitos de consumo, de la identidad y del status social y económico que tenemos los compradores de bienes y satisfactores.

De existir interés por parte de los gobiernos, este tipo de estudios ambientales, pueden arrojar luz en la búsqueda de soluciones a los problemas producidos por la contaminación.
La foto entonces nos lleva a reconocer, llantas de automóviles, desechos de construcción, vasos de unicel, envases de plástico que contuvieron litros de agua endulzada con sabor artificial, envases pequeños de flan o yogurt, bolsa de papitas enchiladas; entre ellas sobresalen las cáscaras de toronja o naranja y lo más impactante: la cabeza de un cerdo, todavía con el ojo derecho visible puesto en su lugar, acaso como último recuerdo de haber visto a quien le cortó la vida.
Conmueve el abandono por el que fue dejado, si el rastro no es el mejor lugar para morir, la intemperie tampoco lo es para reposar; para muestra basta un botón o una oreja en este caso, mire si la oreja carcomida en la punta, la derecha, no es la prueba fehaciente de que los depredadores rondan por el cementerio.





