{"id":15406,"date":"2017-10-02T06:00:00","date_gmt":"2017-10-02T04:00:00","guid":{"rendered":"https:\/\/www.opinionpublica.tv\/portada\/2017\/10\/02\/los-justos\/"},"modified":"2017-10-02T06:00:00","modified_gmt":"2017-10-02T04:00:00","slug":"los-justos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.opinionpublica.tv\/portada\/los-justos\/","title":{"rendered":"Los justos"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Hace 22 a\u00f1os, Antonio Mu\u00f1oz Molina, en un texto publicado en El Pa\u00eds, realiz\u00f3 un breve homenaje \u201ca cuatro hombres que no se conoc\u00edan entre s\u00ed\u201d (un inspector de polic\u00eda, un fiscal y dos m\u00e9dicos forenses), que hab\u00edan logrado que un doble crimen perpetrado m\u00e1s de diez a\u00f1os antes no quedara impune. En un p\u00e1rrafo introductorio escribi\u00f3: \u201cSeg\u00fan cuenta Gershom Scholem -La c\u00e1bala y su simbolismo-, los cabalistas consideraban que Dios estaba siempre a punto de destruir el mundo, espantado por los extremos de la maldad humana. Si no lo hac\u00eda, si no lo ha hecho a\u00fan, es porque en cada generaci\u00f3n hay exactamente treinta y seis hombres y mujeres justos que la salvan en secreto, sin que nadie lo sepa, ni siquiera ellos mismos, que desde luego no se conocen entre s\u00ed ni llevan vidas de particular relieve.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El hero\u00edsmo de los justos es tan sigiloso que apenas nadie lo advierte, pero su eficacia puede ser colosal, y la cadencia de sus actos puede establecer una frontera entre la humanidad y el infierno. Borges, en su poema (dice Mu\u00f1oz Molina: \u201cuno de aquellos poemas lapidarios que le dictaba a Mar\u00eda Kodama en la oscuridad errante de sus \u00faltimos a\u00f1os\u201d), enumera un censo breve de los justos: quien cultiva un jard\u00edn, quien juega tranquilamente con un amigo al ajedrez, quien lee junto a la persona amada el final de la Divina Comedia, quien acaricia a un animal dormido, quien compone escrupulosamente la tipograf\u00eda de una p\u00e1gina, quien agradece que existan la m\u00fasica y los libros de R. L. Stevenson, quien prefiere que los dem\u00e1s tengan raz\u00f3n\u201d. (Traves\u00edas. UNAM. Equilibrista. 2007).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En los \u00faltimos d\u00edas hemos sido testigos de la multiplicaci\u00f3n de los justos. No fueron treinta y seis sino una cifra dif\u00edcil de establecer: los que asumieron que era su responsabilidad personal intentar rescatar a los sobrevivientes, atender a los damnificados, proporcionar refugio y comida a quienes carec\u00edan de ello. Sumaron legiones, y dejando a un lado mezquindades, pusieron en el centro de su preocupaci\u00f3n el bienestar de los otros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El rescatista que acudi\u00f3 a la cita, el m\u00e9dico que improvis\u00f3 los primeros auxilios, la se\u00f1ora que prepar\u00f3 con cuidado y esmero alimentos, el viejo que con sus menguadas fuerzas carg\u00f3 paquetes, el ferretero que entreg\u00f3 herramientas en forma gratuita, el soldado que llor\u00f3 al encontrar sin vida a una madre y su hija, la ni\u00f1a que en medio del desorden pudo concentrarse para escribir un mensaje de aliento a la persona an\u00f3nima que recibir\u00eda un peque\u00f1o paquete de ayuda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los brigadistas internacionales que se sumaron al esfuerzo, los traductores y traductoras que los auxiliaron, el vecino que recibi\u00f3 en su casa al que hab\u00eda quedado sin hogar, la que en los albergues contaba cuentos a los ni\u00f1os, el marino exhausto al que no le import\u00f3 alargar al m\u00e1ximo la jornada de trabajo, el polic\u00eda que intent\u00f3 ofrecer fluidez al tr\u00e1fico desquiciado, la reportera que con objetividad inform\u00f3 condolida lo que pasaba en los m\u00e1s remotos parajes, el que levant\u00f3 el pu\u00f1o para solicitar silencio porque quiz\u00e1 se podr\u00eda detectar un sonido que anunciara la posibilidad de vida entre los escombros, el que entreg\u00f3 dinero para la reconstrucci\u00f3n, la que don\u00f3 alimentos, el que calladamente realiza los dict\u00e1menes del estado de los edificios, el funcionario que no ha dormido coordinando la atenci\u00f3n a las m\u00faltiples necesidades, el que acaricia al perro que podr\u00e1 ofrecer la pista para salvar a quien est\u00e1 oculto entre toneladas de cascajo, el deportista o actor que env\u00eda un mensaje de aliento, la estudiante que por primera vez se organiza con sus compa\u00f1eros para atender las urgencias de desconocidos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tambi\u00e9n hubo miserables que, a sabiendas, esparcieron rumores o pensaron que el momento era propicio para robar o quisieron ajustar cuentas pol\u00edticas. Pero esos no importan\u2026por ahora.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Esos miles de personas, hombres y mujeres, viejos y ni\u00f1os, funcionarios p\u00fablicos y vecinos, con sus cascos, cubre bocas, camisas arremangadas, envueltos de polvo y sudor, trabajando en los edificios derruidos, haciendo largas filas para agilizar el acopio de medicinas o alimentos, transportando personas o utensilios, ofreciendo sus brazos y con ello consuelo, construyeron un dique no solo para separar a la vida de la muerte, la esperanza del desaliento, sino la decencia y la solidaridad del desamparo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hace 22 a\u00f1os, Antonio Mu\u00f1oz Molina, en un texto publicado en El Pa\u00eds, realiz\u00f3 un breve homenaje \u201ca cuatro hombres que no se conoc\u00edan entre s\u00ed\u201d (un inspector de polic\u00eda, un fiscal y dos m\u00e9dicos forenses), que hab\u00edan logrado que un doble crimen perpetrado m\u00e1s de diez a\u00f1os antes no quedara impune. 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