En el último año y medio hemos visto morir a miles de viejos que tal vez habrían de estar en el mundo de los presentes de no ser por la pandemia global provocada por el Covid 19, el virus que en principio ha atacado a los más vulnerables.
En diciembre del 2020 se empezó a aplicar la vacuna y las penas se trasladaron a grupos humanos de otras edades y así pian pianito se espera que el azote se vaya frenando aun y con las cepas más resistentes al acecho.

Pero los viejos más afortunados suelen morir de eso, de viejos y no lo hacen en soledad aunque la muerte como el bien nacer sea uno de los actos personalísimos por excelencia.
Los viejos apreciados y cuidados suelen tener testigos de su paso y se les ve acompañados de sus seres queridos hasta el último momento. Preocupados y dolidos, hijos y nietos o sobrinos, le acercan al mejor médico y no escatiman gastos en medicamentos y no se diga del costo de las exequias en el último tramo.
En cambio, hay otros como el de la foto, que mueren en el abandono, para él no hubo columna de hormigón, trabe, resane que evitara que un día como cualquier otro sus “piernas” por llamarlas de algún modo, se doblegaran con el peso de los años en una tarde de lluvia.
La falta de auxilio arquitectónico y el cansancio centenario lograron que cayera una buena parte de su masa terrenal hecha a base de adobe. Se preguntaría uno por los deudos.





