Mi Camino de Santiago

Si me preguntan qué aprendí de hacer este tramo de El Camino de Santiago, les diré que tres cosas: la primera, que lo hallé un poco como la vida, dividido en etapas, el júbilo del arranque, así como las dificultades inherentes al hecho de ir avanzando, la fatiga y las vicisitudes consecuentes (podría irme por ahí en estos párrafos, pero no, resulta una metáfora facilona carente de auténtica significación).

La segunda, el valor de la voluntad, el ejercicio de la voluntad más bien, ese afán de continuar a cualquier costo, de no rendirse, de obligarse a poner un pie delante del otro y así hasta que termine la jornada que te has impuesto; y la tercera, me quedo con la certeza, como única enseñanza, de que en este camino en que Dios nos puso, estás completamente solo, absolutamente solo y no tienes a nadie más que a Dios y a ti. Lo demás es contingente.

Lo más importante es no claudicar, no perder las esperanzas, siempre vendrán tiempos mejores.

Claro que, contra la enterada opinión de Yuri, puede ocurrir que nomás no lleguen esos tiempos y sea cosa de empezarse a sofreír en la angustia de la desgracia propiciada por mano ajena; para esos casos, lo mejor y más saludable es morir matando navaja en mano y no dejarse el rencor en el coleto (luego se “pudre” uno); pero esos son pocos tiempos en realidad.

En su mayoría, la vida transcurre en tonos sepia con pinceladas de azul (escribiría Francisco Umbral) y no es cosa de echar a perder tan bonita y colorida metáfora, con gotas de escarlata por cualquier bagatela (a los bichos e insectos se los mata solo cuando son plaga, por lo general hay que dejarlos vivir, porque son necesarios en la cadena de la vida).

Por lo que hace al Camino, ahora sí ya entrando en materia, yo lo empecé con un brío que desmentían mi edad y mi condición física. Al tercer día tenía un ampolla del tamaño de medio hemisferio en el pie izquierdo; y, por evitar sus dolores, empecé a caminar como bailarina de salsa principiante, de tal modo que me torcí un tobillo; para el penúltimo día, como el caballo blanco de José Alfredo, dicen que cojeaba de la pata izquierda —aunque no, no llevaba el hocico sangrando (pero como dijo la esposa del torero en trance postamatorio: no más eso me faltó)—.

Lo bueno fue que conseguí unos parches que son una auténtica maravilla: actúan como una segunda capa de piel, ayudan a paliar los efectos de las ampollas y, aunque el dolor sigue ahí, se vuelve más sordo, más tolerable. Gracias a ello, terminé el camino entero, aunque nada más llegar al templo, me derrumbé bajo un pórtico y ya no supe más de mí; o no hubiera querido saber, hasta que llegó el Adolfo con la mala noticia de que el sellado oficial de los pasaportes es todo un show y había que ir en persona.

Fui y aquello me pareció tan engorroso como si me fueran a enviar a una misión de la CIA, pero felizmente me hice con mi certificado que da fe que caminé 115 kilómetros (¡mentira! Son como chorrocientos mil) y que empecé y terminé el trayecto en tiempo y forma.

Visto a la distancia —cuando sentía ganas de claudicar, el pie me zumbaba como trombón, las articulaciones me crujían como si fuera marimba, sudaba como condenado y traía la boca más seca que el Sahara—, recuerdo que me preguntaba: “¿y a santos de qué ando yo en estos trotes? Si no había manda qué pagar ni deseos (inconfesables o insatisfechos) que requieran la ayuda del santísimo, a honras de qué vine yo a parar aquí?”. Creo que me mantuvo en mis trece la palabra empeñada conmigo mismo. Solo eso.

Como sea, en un alarde de bendita lucidez (nunca mejor empleada la expresión), celebré, si se le puede llamar así, una especie de pacto con Dios; le dije: “Señor, si se puede y hay una especie de banco divino de culpas o de milagros, pues ahí te va un abonito. No mires el tamaño de la inversión, ínfima, insignificante, minúscula como es, sino el sacrificio para lograrla; pagado, con sangre, con tinta sangre de mi pie. Por cierto, no tomes en cuenta, Señor, que se trata de mi pie siniestro, ese es un asunto de coyuntura y nada más, nada tiene qué ver con mi pío ánimo”.

Los avatares vividos al lado del Adolfo (Juan Gabriel, sus pelos de loco, su nueva vocación, los valvitos y tavitas, etc.), así como mi intención de regresar el año que entra, pero nada más a la fiesta del 25 julio, los cuento aparte.

Por lo demás, feliz de haber hecho esa porción de El Camino de Santiago, feliz de haber cumplido y feliz de estar aquí. San Judas, ahí estamos, en un mes nos vemos. Están invitados.

Contácteme a través de mi correo electrónico o sígame en los medios que gentilmente me publican, en Facebook o también en mi blog: https://unareflexionpersonal.wordpress.com/

Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

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