En dos horas puede uno hacer repaso de su vida hasta llegar al punto de preguntarse: ¿qué lo tiene en la situación de riesgo en que se encuentra?
Encaramado en lo alto del muro fronterizo, este hombre que por demás está decir, tiene muy buena condición física y no trepaba precisamente en el palo encebado de su pueblo, no pudo prever en la obscuridad, el descenso del lado americano cuando su cuerpo quedó atorado en la estructura de metal.

Para su desgracia o fortuna el Departamento de Bomberos de El Paso lo rescató: Una parte de la historia dice que de haber seguido ahí y con los nervios más templados, sin desesperarse, habría apreciado un amanecer en Juárez y escuchado en la mediana lejanía, la locomotora del tren cuando comienza a pitar, señal inequívoca del rumbo de los vagones hacia El Paso.
En esa quietud, no hubiesen pasado desapercibidas el rechinar que en su frenado hacen las ruedas de metal; un rato más, sin desesperación y con la claridad del día, se habría destrabado del muro que lo apresó. Ya estando en el suelo estaría preocupado por la comida de ese día y sus afanes los enfocaría a intentar otro tipo de entrada ilegal menos temeraria a los Estados Unidos.
Pero la otra historia, la que verdaderamente sucedió es que fue puesto a disposición de las autoridades de migración norteamericana dando fin a sus sueños de inmigrante. A lo mejor, íntimamente agradece el rescate, porque, al paso de las horas y con los calambres que suelen dar en las piernas al permanecer en una sola posición, habría luchado por lanzarse al vacío y engrosado la estadística de los que mueren en el intento.





