Luis Villegas Montes
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Hay muchas formas de acabar con la humanidad; de todas ellas, existen por lo menos tres estilos que valen la pena: el diabólico, el elegante y el irrebatible. A veces, los tres coinciden. Ésta es una de ellas.
No es necesario desatar plagas bíblicas ni invocar demonios con nombres antiguos de origen asirio. Basta con sentarse a observar —como quien ve cómo un animal se devora a sí mismo con lentitud estética— y tomar notas, o reírse o escribir este texto.
Porque la humanidad, sí, esa que se inventó dioses y nociones como la justicia o el arte, está haciendo exactamente lo que haría una especie en fase terminal, mientras se cree inmortal y aunque se sienta vacía:
1. Normaliza el absurdo: aplausos para el idiota, premios para el farsante, likes para el que grita más fuerte. La inteligencia es hoy arrogancia; la crítica, agresión; la verdad, violencia. Todo debe pasar por el filtro de lo “políticamente correcto” o, lo que es igual, lo moralmente irrelevante;
2. Renuncia al pasado: destruye estatuas, reescribe la historia, cambia los nombres a las calles, pero no lee libros. El pasado se declara culpable y el presente, inocente por ignorancia; así, cada generación puede empezar de cero… y cometer los mismos errores con absoluta convicción.
3. Eleva el deseo a rango constitucional: nada de deberes u obligaciones, todo son “derechos al goce”. Derecho a no aburrirse, a no frustrarse, a no pensar; el deseo se erige como necesidad inmediata e irrefutable y es patrocinado por multitud de apps; y si alguien sufre, es porque alguien más le impide ser feliz, no porque el sufrimiento sea inherente al ser o, peor, fruto de las propias decisiones.
4. Odia la complejidad: el pensamiento es sustituido por eslóganes; la ética, por “perfiles verificados”; y la filosofía, por frases contenidas en una taza o en una camiseta. ¿Dialéctica? No, gracias. Mejor una encuesta de Instagram.
5. Convierte la cultura en mercancía. El arte se monetiza, todo símbolo se adapta, todo gesto se mide en “engagement”. La belleza no importa; importa lo que vende, se viraliza o “conecta con la audiencia”.
6. Desconfía de todo, menos de sí misma: nada es verdad. Todo es narrativa, percepción y, sin embargo, cada individuo se siente moralmente superior, aunque no pueda sostener una idea sin revisar su feed.
7. Celebra su caída como progreso: declara la guerra al esfuerzo, la excelencia o la profundidad. Lo frívolo resulta liberador; lo burdo, auténtico; y lo autodestructivo, un acto de rebeldía contra “el sistema”, sin notar que ya no hay sistema: sólo ruinas con WiFi.
Una especie en fase terminal no necesita meteoritos; para eso tiene sus discursos, su ruido, su indiferencia ante todo lo que alguna vez la hizo humana; y, el colmo, claro, es que cree estar despertando, cuando en realidad… se está muriendo.
Continuará…
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Luis Villegas Montes.
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