El Llamado. El reto más grande y el cual debíamos de implantarlo como un proyecto de vida y como una de nuestras principales tareas siendo miembros y operarios del sistema jurídico, viene a ser nada más y nada menos que el luchar por la justicia.
Proponernos dicho reto implica llevar a cabo un ejercicio hacia nuestro interior con una verdadera postura firme contra la adversidad, ya que nos veremos a la vez retados en cada momento por aquellos que a la justicia no le tienen el más mínimo respeto o apreciación.
Debe ser totalmente inaceptable para nosotros los operarios del derecho, el ser complacientes, pusilánimes y timoratos en tratándose de la persecución constante de la justicia. Dicha persecución debe ser feroz y no sólo a la justicia social en general, sino también la justicia material para el justiciable.
Dicho de otra manera, no debemos arrodillarnos frente a la adversidad y los vicios, las idiosincrasias, la ignorancia, la apatía, y a todo y a todos aquellos que culturalmente frenen o de alguna manera nieguen los ideales de la justica. Para hacer frente a lo anterior, debemos erguirnos firmes y no debemos tomar la postura fácil y sencilla de arrodillarnos.
Tan no debemos permitir arrodillarnos o que nos arrodillen, que invito a reflexionar la narrativa del Libro de Ezequiel, cuando nuestro Creador primero se acerca al ensimismado Profeta, y el Creador le dice, “levántate y ponte de pie, para que pueda Yo hablarte” (Ezequiel 2:1).
Cuantas veces, abogados en lo particular o colegios o barras de abogados alzamos la voz y denunciamos lo que está mal en nuestro sistema jurídico, e igualmente lo que está mal con las autoridades, los jueces o en todos aquellos de que de una manera u otra toman decisiones para con los ciudadanos afectándoles negativamente en su persona, en su vida, en su integridad, en su honor, en su patrimonio, etcétera.
Estos ejercicios de denuncia y de alzar la voz son loables y hasta pensamos que somos buenas personas e incluso excelentes o brillantes defensores de las causas. Nada de esto podría estar más lejos de la verdad y de la realidad. Lo que verdaderamente tiene valor y lo cual nos haría verdaderamente valiosos y buenos defensores, viene a ser precisamente “la acción” y “los resultados”.
Esto es, en la forma y medida en que logremos “un cambio”, un verdadero cambio. En este rubro, más que el impulso y la inspiración lo que necesitamos es poner en práctica las protecciones y barreras que el derecho nos ofrece ya que mediante el derecho nuestras aspiraciones de justicia ascienden y en un momento dado se convierten en realidades.
El quid de todo este asunto es “cambiar al mundo”, ya lo decía Margaret Mead. “..Nunca dudes que un pequeño grupo de personas interesadas pueden cambiar el mundo”. Y pregunto: ¿Si no ahora, cuándo? ¿Si no nosotros, quienes?





