José Woldenberg
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El 30 de septiembre reapareció el ex presidente López Obrador para presentar su nuevo libro, Pueblo. Por aproximadamente una hora y 20 minutos habló de diversos asuntos y no faltó la descalificación de relevantes periodistas que han sido críticos de su gestión.
Pero se detuvo en una en particular, Carmen Aristegui, de quien dijo: “Aristegui engañó mucho tiempo, pero se quitó la careta y hoy es una vocera de la derecha, que no es derecha o ultraderecha, es neofascismo, porque hacen lo que hizo Hitler, y Goebbels, su jefe de propaganda; repetir mentiras y calumnias” (El País).
Carmen respondió que se trataba de una acusación “muy delicada” y que lo mejor era que el ex presidente “cuidara sus palabras”. Tenía y tiene razón. Aristegui no necesita que alguien la defienda. Su trayectoria habla por ella.
Ha sido una periodista cabal que nos ha informado de muy diversos temas, algunos de los cuales, si no fuera por ella y su valor cívico, jamás nos hubiéramos enterado. Y en particular, ofreció sus micrófonos una y otra vez al propio López Obrador cuando estaba en la oposición. No se encontrará una sola declaración, investigación o iniciativa de la periodista que pueda calificarse de neofascista.
No fue Carmen la que acabó con una Suprema Corte independiente para sustituirla por otra alineada a la voluntad gubernamental; no fue la periodista la que convirtió a la Comisión Nacional de Derechos Humanos en un apéndice del gobierno (buena para publicitar los excesos execrables de gobiernos anteriores pero muda ante lo que hoy acontece); no fue Aristegui la que descalificó retóricamente a todas las agrupaciones no gubernamentales interesadas en la defensa de los derechos humanos, los recursos naturales y feministas, endilgándoles el calificativo de neoliberales.
No fue ella la que expandió las tareas de los militares y los encargó de la seguridad pública; no fue tampoco la que una y otra vez descalificó a periodistas, académicos y hasta instituciones de educación superior por el simple hecho de diferir y criticar diferentes políticas del gobierno; no fue Carmen la que dio un trato de criminales a varias decenas de prestigiados científicos mexicanos a los que se acosó penalmente.
No fue ella la que desató vigorosas campañas contra el INE con el inocultable propósito de subordinarlo a las pretensiones presidenciales; no fue Aristegui la que en un exceso retórico dio órdenes al Congreso de no cambiar ni una coma a una iniciativa del Ejecutivo; no fue ella la que impulsó una distorsión de la representación en la Cámara de Diputados como no se había visto en México desde hace 70 años. Y no le sigo.
Pero si de rasgos fascistas se habla cada quien debería responder por sus actos. Porque recordemos que si algo no soportaban los fascistas eran a las voces independientes, no alineadas, ya que ellos proclamaban que a través del líder indiscutido se expresaba un pueblo sin fisuras ni diferencias; además aborrecían a los demás partidos políticos, a la prensa autónoma, a las asociaciones no controladas por su poder.
Los fascistas pensaron a la sociedad como si fuera un ejército con su propia jerarquía en cuya cúspide se encontraba un guía que de manera permanente revelaba “verdades” dogmáticas como si se tratara de una iglesia.
Creo que Carmen Aristegui le hizo al ex presidente una solicitud comedida: “cuide sus palabras”. Ello nos ayudaría a inyectarle un poco de aire limpio a un ambiente enrarecido por descalificaciones difamatorias.





