Alharaca

José Woldenberg

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“Pero el ser humano no es así: entre más habla, menos entiende”.

-Lao Tse

Acercarse, aunque sea con tiento, a los debates en televisión, radio y plataformas, puede incrementar la neurosis y los malos humores. No parece que en la inmensa mayoría de los casos se busque la verdad (o eso que llamamos verdad), sino la afirmación de personalidades y relatos preconstruidos, en los que los debatientes poco escuchan, mucho repiten y nada (o casi nada) asimilan de su contrincante. Mucho ruido y pocas nueces (por supuesto hay sus muy loables excepciones).

No es un asunto nuevo. Ayer, Arthur Schopenhauer (1788-1860), escribía: “Si fuéramos honestos (un supuesto heroico, digo yo), entraríamos a debatir con el único propósito de que la verdad saliera a la luz, sin preocuparnos en absoluto de si esta concuerda con la opinión de la que nosotros partíamos o con la del otro; eso sería indiferente o, en cualquier caso, algo muy secundario.

Sin embargo, ahora es lo principal. Nuestra vanidad innata, que es especialmente susceptible en lo que respecta a las facultades intelectuales, se niega a aceptar que lo que habíamos planteado en un principio resulte falso y que nuestro adversario estuviera en lo cierto”. (El arte de tener razón. Penguin Clásicos. 2026).

La vanidad desata necedad, ganas de imponerse a cualquier precio, una cauda de sofismas buenos para abrumar al contrario e inflexibilidad para retomar así sea en unos gramos las evidencias que pone sobre la mesa.

En la intensa catarata de dichos no falta la descalificación ad hominem y los más coloridos adjetivos contra la adscripción política del antagonista, en el mal entendido de que se trata de un juego de suma cero, que lo que gana uno lo pierde el otro, sin reparar que existen juegos en los que todos pierden. Cada quien le habla a su clientela y ello les parece suficiente.

Pero Schopenhauer decía que a la vanidad había que sumar la charlatanería y “una falta de honradez igualmente innata”. Porque esos monólogos en formato de diálogos fallidos, de manera casi mecánica desatan espirales de palabrería sin fin. Obligados y comprometidos a hablar, no pueden callar. Es necesario prender el ventilador de la verborrea e intentar apabullar al de enfrente.

Es una espiral que se autoalimenta y cuya desembocadura es una potente nebulosa de la que cada espectador extrae algunos retazos. Aquel alemán no se hacía ilusiones, por ello señalaba la deshonestidad como algo innato, constitucional del género humano. “El interés por la verdad, que generalmente es el único motivo para sostener que una proposición es cierta, cede por entero ante el interés de la vanidad: lo verdadero debe parecer falso y lo falso, verdadero”.

Si a ello sumamos la política de polarización fomentada desde el poder político el círculo no solo se cierra sino se estrecha. Desde la Presidencia pasada (y la actual) jamás se respondió a un argumento, iniciativa, crítica o idea.

El mensaje era prescindible y solo importaba el mensajero, y si este era de otro partido, organización social, periodista, académico o un ciudadano interesado, pero no alineado, de inmediato surgía la descalificación. Resultó un lubricante eficiente del “diálogo de sordos”. Al parecer, una necesidad para imponer su voluntad.

No han sido pocos desde la oposición los que se han mimetizado con ese expediente, pero si algún día volvemos a abrir la puerta a los auténticos debates, será necesario desmontar los espectáculos coloridos pero pueriles e intentar diálogos medianamente interesados en la verdad, con los bemoles que la palabra porta.

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Lo frívolo y lo serio

José Woldenberg ___________________________ Dicen por ahí que no hay nada nuevo bajo el sol. No lo creo, pero… Hace 120 años exactos (vean la fecha por favor) G. K. Chesterton escribió: “como nos hemos tomado muy en serio las cosas frívolas, naturalmente que nos tomamos las cosas serias muy frívolamente”. El 25 de agosto de 1906 apareció en el semanario gráfico Illustrated London News, su artículo “Sobre los quesos locales. La seriedad en el baile y los deportes”, en el

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