El General encadenado

Claudio Ochoa Huerta

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El ruido de las cadenas al caminar resonó como en ningún otro juicio. Quizá por la cercanía física con el acusado, quizá porque la sala 618 de la Corte del Distrito Sur de Nueva York estaba semivacía con unos cuantos reporteros.

La primera audiencia de Gerardo Mérida Sánchez, el general en retiro del Ejército mexicano, exsecretario de seguridad en Sinaloa, y acusado de vínculos con el narco, fue completamente distinta y con elementos que parecían más un mensaje a México, que meras casualidades.

La primera diferencia notable con comparecencias como la de Ismael “El Mayo” Zambada, Genaro García Luna o Nicolás Maduro fue la escasa seguridad alrededor de la sala y del personaje. Gerardo Mérida iba acompañado por solo dos marshals. En ningún momento previo a su llegada aparecieron elementos para hacer la clásica revisión del área. Una inspección visual que consiste incluso en reservar las primeras bancas para autoridades como la fiscalía, la DEA o familiares del imputado.

Nada de eso. De hecho, por eso la entrada de Mérida a la sala fue tan sorpresiva para quienes ahí estábamos. Los reporteros discutíamos hipótesis del paradero de Enrique Díaz Vega, el secretario de finanzas de Rocha Moya que supuestamente se entregó, pero que no consta registro oficial. De pronto, la misma puerta por la que accedimos sirvió para la llegada de Mérida Sánchez y los dos oficiales que lo custodiaban. Generalmente el acusado entra por una puerta distinta a la del público general como medida de precaución.

La segunda diferencia notable fueron las palabras de la jueza encargada del caso Katherine Polk. Con una suavidad en la voz, pero con un trato firme aventó las dos frases nota de la semana: los acusados vendrán por olas y las evidencias podrían ser abundantes en un caso como ese. Ante el golpe de esas palabras, los reporteros nos preguntamos si todos habíamos escuchado lo mismo. Y sí.

La tercera diferencia fue el trato al acusado. Si bien en todo momento era respetuoso, también en todo momento fue con más fuerza de lo habitual. A Mérida Sánchez lo encadenaron de pies, manos y cintura. El apretón final parecía más una puesta en escena de una película que de realidad. Los marshals acomodaron al general de modo que la prensa pudo ver toda la escena, en 8k y en primera fila.

Esto lleva a preguntas: ¿No sería que en Estados Unidos quisieron mandar señales claras a México a través del General? ¿No sería que en Estados Unidos quisieron avisarles a los que siguen lo que les sucederá?

La comparecencia de Gerardo Mérida no parecía ninguna casualidad.

Stent:

Los restauranteros en Chilpancingo comienzan a reportar que el crimen organizado está infiltrando a sus halcones como meseros. Ellos reportan cuántos clientes ingresan para determinar el monto del cobro de piso.

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