¿Sacrificar a Rocha?

Jorge G. Castañeda

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Aplacar, apaciguar o complacer a Trump constituye una estrategia —la verdadera— agotada. Lo sentenció The Wall Street Journal hace quince días, y los últimos acontecimientos, más lo que se acumule esta semana, lo demuestran.

Haber enviado tropas a la frontera norte, aceptar deportados no-mexicanos, imponer aranceles a productos chinos, enviar ilegalmente a 92 narcos a Estados Unidos, intentar cumplir con más de cincuenta demandas norteamericanas antes del arranque de las negociaciones del T-MEC, suspender de inmediato las entregas de petróleo gratis a Cuba, no ha bastado para evitar nuevas exigencias estadounidenses.

Ni siquiera el incremento de sobrevuelos de aviones espía, de drones, o la presencia encubierta de numerosos efectivos de seguridad —nadie puede creer seriamente que los cuatro agentes de la CIA en Chihuahua sean los únicos— ha resultado suficiente. Concuerdo con mucho de lo que Sheinbaum ha cedido: no le quedaba de otra.

Quienes piensan que existía, o existe, un margen de negociación, por estrecho que sea, con Trump, se equivocan. Los casos de Mertz, en Alemania; Macron, en Francia; Modi, en la India; Meloni, en Italia, demuestran de manera palmaria que el actual ocupante de la Casa Blanca es insaciable. Ni hablemos de Venezuela o Irán.

Ello no significa que la única alternativa ahora consista en la resistencia o la negativa a aceptar las exigencias de la Casa Blanca. Si el Plan A de Sheinbaum, pactado o no con López Obrador, incluye repetir la jugada de Cienfuegos —devuélvanlo, y lo juzgamos aquí—, no va a funcionar.

En aquella época lejana, AMLO pudo apoyarse en la renuencia del procurador William Barr, y en la debilidad del caso contra el militar mexicano, para lograr que Washington reculara. Blanche no es Barr; Wiles y Miller no son Kelly o Meadows. Y el caso contra Rocha Moya, preparado durante varios meses por el Southern District (no por la DEA), es mucho más sólido, y abarca más cargos.

En el fondo, la acusación de 34 páginas no contiene nada que muchas fuentes en México ya hayan revelado. El truco prescribió. Si el gobierno mexicano en lugar de conceder la detención y la extradición, investiga al exgobernador y lo exonera, será como si hubiera negado la solicitud de Estados Unidos.

No existe en México —y en ningún país salvo China, la India y Brasil, tal vez— la capacidad de resistir las consecuencias de un tal rechazo a Trump. Creo que Sheinbaum lo sabe, y solo está buscando la manera de reducir el costo político interno de sacrificar a Rocha, y de achicar la lista de los que siguen. Ella también sabe que por lo menos, en lo tocante al pacto electoral con el narco, varios gobernadores son culpables.

Pero que de alguna forma se vea obligada a entregar a Rocha no significa que vaya a utilizar el hecho para proceder, como tantos quisieran/esperan/suplican: purgar al gobierno, a su partido y a su equipo de corruptos, narcos, lopezobradoristas o demás impresentables (muchos revisten todos estos atributos).

No posee la fuerza, la disposición ni la capacidad política para hacerlo. Llevamos más de un año y medio del sexenio, y a pesar de decenas de vaticinios esperanzados e ingenuos, la ruptura no se consuma, y la distancia no se ensancha. Cambiar al director de la UIF o colocar a una colaboradora de AMLO (Montiel) en lugar de otra (Alcalde) no equivale a trepar a Calles en un DC-3 para despacharlo a San Diego.

López Obrador dejó al país en una situación de extrema vulnerabilidad. En todos los frentes. El más delicado, sin embargo, fue siempre el del narco y la seguridad frente a Estados Unidos, y frente a la sociedad mexicana. No se trata solo de “abrazos, no balazos”, sin negociar si quiera el repliegue del crimen organizado ante su core business: la droga.

El nuevo pecado yació en el quid pro quo electoral: los cárteles ayudan a ganar elecciones, y los candidatos ganadores garantizan, de entrada, la persistencia y el florecimiento del negocio. Por primera vez desde 1997, las elecciones en México se mancharon realmente —no como las quejas babosas de Morena sobre 2006– de ilegitimidad.

Tuvieron que ser los norteamericanos quienes denunciaran ahora con consecuencias, lo que ya se sabía. La última vez que alguien se burló de Trump —Maduro bailando en Caracas— no salieron muy bien las cosas. “¿Cuál es la urgencia?”. No sé si haya sido buena idea.

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