¿Zafiro? O Lapislázuli

Raúl Ruiz

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La gama del Pantone azul para las elecciones del 27 es muy amplia.

Es todo un tratado sobre el color azul.

Lo que está de moda desde la semana pasada, es el tono zafiro.

Va muy acorde a la era digital.

Antes, los panistas eran  tradicionalistas, muy conservadores; no admitían mezclas.

Como los menonitas; hoy ya no; ya es otra cosa.

Ya no hay respeto entre ellos. Es más, a la primera provocación, se arrebatan entre sí la posibilidad de ser el candidato o candidata.

Tal es el caso, por ejemplo, del posible agandalle de Gil Loya contra Marco Bonilla.

Bonilla ha sido el Delfín desde que la gobernadora tomó posesión.

Así lo han entendido los pitufos de la aldea. Pero como su precandidatura no prende paja, cualquiera puede agarrar el carrito y buscar la candidatura.

Es el caso de Loya, quien, con la fantasía de que en breve echará a andar la Torre Centinela, piensa que con eso llena las alforjas para el 27.

El secretario de Seguridad Pública Estatal ya se anotó como aspirante a la gubernatura.

Asume que en el arranque de la Torre, caerán más malandros en resguardo, que peces y mariscos en una red veracruzana.

Y que con eso conseguirá capital suficiente para ganar la candidatura azul.

El capitán Centinela no es azul basalto, ni celeste, cielo, cobalto, índigo, marino, petróleo, rey o turquesa.

Entra más bien en los tonos intensos, pero deslavados, como el lapislázuli.

No importa. Mientras siga siendo azul.

¿Qué lectura podemos darle a estas torpes jugaditas?

Escenarios del Azul Deslavado

1. La gobernadora como alquimista del poder.

Entrega la plaza como quien deja las llaves del coche viejo al próximo dueño, con tal de evitar que al término de su mandato la persigan los cobradores de favores.

El trueque es simple: paz a cambio de impunidad. Azul zafiro, pero con garantía limitada.

2. La conspiración pitufa.

Una alianza secreta, digna de novela barata, se cocina para descarrilar a la némesis incómoda.

El azul se convierte en camuflaje para la puñalada trapera.

3. El síndrome del pitufo tonto.

No hay estrategia, ni Torre Centinela, ni pacto oculto.

Sólo un montón de pitufos atolondrados que creen que la candidatura es como un carrito del súper: el que lo agarra primero se lo lleva.

Azul lapislázuli, pero con cerebro color humo.

Concluyo:

En la paleta del poder, el azul no es un color, es un síntoma.

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